Toda la vida juntos siendo dos extraños.

Pues sí, has pasado toda tu vida con él. Compartiendo desayunos, almuerzos, horas y horas juntos en la cocina, e incluso ha formado parte de tu limpieza personal: jabones, cremas o geles . Pero en el fondo, para ti no es más que un extraño al que no conoces. Años y años juntos, y no sabes nada de tu aceite de oliva virgen extra. Ese que es uno más de la familia, pero al que nunca te has preocupado en conocer. Vamos a explicarte cómo catar tu primer aceite de oliva.

Desde «Dando la Vara», pretendo romper esa incomunicación eterna entre ambos. Me gustaría que, cuando acabes de leer esto, nunca el abrir una botella o una garrafa de aceite sea lo mismo que antes. ¿Por qué? Porque voy a hacer que lo conozcas, y no sea, nunca más, un simple chorreón que derrames en una sartén o en una ensalada. O sea, evitar que lo uses como si fuera un simple puñado de sal que echas mecánicamente a tus platos. ¿Estás preparado? Hoy aprenderás a catar un aceite, perderás el virgo. Será «tu primera vez«.

Los prolegómenos

Se te acaba de terminar la botella que usas en casa. Sabes que hay otra en tu alacena, bien resguardada de la luz (espero), acompañando a la leche, las cajas de galletas… Solo te pido cinco minutos, ¿vale? Pero esos cinco minutos necesitarás que no huela a nada fuerte donde estés y que nadie te moleste. Si tienes animales…, fuera de la cocina. Si por allí pululan niños, pareja o amigos…, los vamos a unir a nuestra experiencia sensorial. Serán nuestros aliados y cómplices. Se unirán al juego.

¿Y esa boquita? Si quieres que tu aceite se quede prendado de ti, y tú quieres ver si realmente sientes atracción por él, no deberías ir con la boca «adulterada» oliendo a morcilla, anchoas o mejillones en escabeche. Así que la ¡boquita limpia!

Nos quitamos la ropa (fase visual)

Te dispones a abrir el envase; como si lo fueras desnudando poco a poco, le quitas el precinto y abres el tapón. Intuyes que hoy será muy diferente a la última vez, porque antes de usarlo en la cocina tendrás que coger una copa de vino, o un vaso de yogur de cristal, o un vaso de chupito de plástico, etc. Da igual donde se vaya a consumar el amor (cama, coche, ascensor o el verde césped de un oscuro parque, jejeje). Echa un dedo de aceite (oficialmente 15 ml.) y tápalo rápido para que no se escapen los olores.

Las parejas más experimentadas se conocen tan bien que usan una copa de cata de color azul o roja, para que no se vea el color del aceite. Pero para vosotros que aun no os conocéis apenas…, mejor no apagar la luz, aunque os cortéis un poco al principio. Es preferible ver el color para, de esta forma, poder comparar con futuras experiencias. Así que, lo que sea, pero con transparencias, que es más erótico. Como se suele decir, las apariencias engañan y, a veces, preciosos tonos verdes tapan «corazones podridos».

Empiezan las caricias

Una vez que tienes el aceite en la copa, percibes que este no se encuentra cómodo, está algo frío, y le invade una enorme timidez acrecentada por su desnudez. Mi consejo es que le des toda la confianza posible. Coge la copa con seguridad, acaríciala suavemente hasta que esta vaya adquiriendo una temperatura agradable. Que el aceite note un calorcito embriagador que le haga relajarse, abrirse, y exprese todo lo que puede dar de sí (si alcanzas los 28º, perfecto).

El olor de su piel (fase olfativa I)

Olfación directa (aparecen los olores)

Ya no aguantas más. Te acercas girando y meciendo la copa, cual barquilla caletera con marea alta (¡poeta, poeta!). Estás hipnotizado por ese brillo, esa luz que te lleva hasta el borde de la copa.

Va a llegar esa primera impresión que nunca se olvida. Levanta la tapa y huele su interior de forma sutil, un par de segundos es suficiente. Y vuelve a tapar la copa. En ese instante, es tu cerebro (junto con el «bulbo raquídeo de tu nariz»), el que tiene que empezar a funcionar.

Lo primero y más importante: si el olor que desprende es agradable o no. Cuanto más se parezca a algo fresco, a un jugo de fruta fresca, a hierbas, a golosina, flores… mejor. Y esta vez no es poesía, es la realidad: un aceite cuando es bueno puede oler a todas esas cosas…, y más. Pero no agobiaros, porque para descubrir todo eso hay que recurrir a la «madre de la ciencia»…, la experiencia. Las primeras veces normalmente nunca son gloriosas en muchos aspectos de la vida, ¿verdad?

Volvemos a oler un par de veces más, pero sin que nos salga el aire por las orejas de inspirar, que si no, nuestro «cerebrito» colapsa. Así podremos ahondar en esos olores secundarios que son algo más tímidos y les cuesta más salir a los «espacios etéreos» (debido a que su «peso molecular» es más elevado).

En este punto, lo más importante será asociar esos olores con la experiencia sensorial que hemos ido acumulando desde que nacimos. Que traducido resulta, por ejemplo: «esto me recuerda a los paseos por el campo que me daba con mi abuelo buscando espárragos». O «esto huele como al tomate triturado que me pongo en la tostada al desayunar», etc.

El primer beso (fase gustativa)

Venga, ha llegado el momento de lanzarte a por el beso. Vuelve a destapar, y ahora introduce en tu boca un sorbo de aceite, pero no lo tragues directamente. Antes dale un paseo para que conozca cómo es tu paladar por dentro, principalmente la lengua. ¿De qué forma? Es sencillo; que el líquido vaya recorriendo tranquilamente las cinco «habitaciones» que reconocen los cinco sabores fundamentales (dulce, salado, ácido, amargo y umami), y de paso aumentamos su temperatura. De todos estos, el aceite normalmente solo tiene «llave» del sabor dulce y el amargo. Así que de los otros nos olvidamos.

Malabarismos bucales (fase olfativa II)

Olfación retronasal: aparecen los aromas

Nos queda el «mas difícil todavía. Porque una cosa es captar a qué huele un aceite (lo que hemos visto anteriormente con la «olfación directa»), y otra diferente es captar sus aromas. ¿Cómo lo hacemos?

Seguimos sin tragar el aceite. Antes de hacerlo inspiramos aire por la boca atravesando los dientes, y ese aire lo echamos por la nariz. Lo dicho, auténtico malabarismo, pero se acaba aprendiendo. Nos acordamos de nuevo de la «madre de la ciencia…». Pueden aparecer: tomate, almendra, manzana, alcachofa…, y cualquiera sabe qué tesoros más.

Tragamos el aceite

¡Por fin, para adentro!. De repente la situación se pone picarona picarona porque aparece un agradable picor (que no es un sabor, sino una sensación, al igual que la astringencia). Pimienta negra, blanca o verde…, me da igual. Una gozada.

Y ¡muy importante!: independientemente de que un aceite nos guste más o menos amargo y picante, ambos atributos son positivos.

El clímax

Si todo lo vivido entre ambos ha sido satisfactorio, llega el momento más sublime. Ese en el que aparecen los aromas, sabores, sensaciones, matices…, todos a la vez. Se le puede llamar clímax, o en el argot oleícola: complejidad, equilibrio, armonía, y todos a la vez…, ¡orgásmico! Bueno, eso en todos los argots.

Buenas noches preciosidad, hasta mañana

Solo cinco minutos han pasado, y fijaros todo lo que han dado de sí. Es increíble lo que nos puede dar un pequeño chorreón de aceite, prestándole un poco de atención. Solo queda apagar la luz, descansar, y decir…, hasta mañana preciosidad.

Puro amor.

Si quiere varear un poco más, no dejes de leer «Cómo disfrtuar de tu AOVE de calidad todos los días».