Visita a “Finca la Torre”: Bobadilla (Málaga)

Expectación. Llega nuestro director del curso (el gran Sebastián), a clase porque nos va a anunciar a dónde nos vamos mañana de visita. Y el ganador es…“Finca la Torre”. Inmediatamente el murmullo entre los compañeros se acrecienta. Sí, visitaremos una de las mejores almazaras del mundo (oleeeeeeee). A continuación te vamos a meter en el mini bus donde fuimos, como uno más, y verás cómo unos olivos viejos, imperfectos pero rodeados de vida, dan un fruto, varedad “hojiblanca”, y de ahí el aceite. ¿Te vienes…?

Finca la Torre

Olivar de Finca la Torre

Rotonda de los pavos (el que conozca Jaén sabrá dónde es). Como siempre Sebastián llega un poco retrasado. Todos para adentro dirección Bobadilla (Málaga), a unas dos horas de camino. La peña frita en el bus, grandes cabezazos de arriba a abajo, y el que está despierto nada más que mirando el móvil perdiéndose el espectacular paisaje que atravesamos. Y eso que son guiris la mayoría… Yo con ganas de tertulia, pero nadie me sigue.

La carretera de Jaén a Granada me encanta, y más ahora con las ramas de los olivos tiesas y verdor por todos lados por las copiosas lluvias que han caído. Ya no me acordaba lo que era un otoño de verdad. Si no que se lo digan a algunos pueblos de Málaga. Uno de ellos, nuestro destino, lo atraviesa un arroyo que cruzamos con el bus previo a un carril chungaleta. Al cruzarlo, se ven señales de que días antes se desbordó. A lo lejos un coqueto cerro con olivos que parece que le dan besitos, y de fondo…hierba. ¿Asturias? No el centro geográfico de Andalucía…¡toma ya! De repente un cartelito de madera que nos anuncia la llegada a “Finca la Torre”.

Empezamos…

Nada más llegar, nos vemos a un grupo de cuatro o cinco personas, muy blancas de piel: ¿trabajadores? qué va…, oleoturismo se llama. Al rato aparece el encargado de atendernos en la visita, Victor. Ingeniero agrónomo que nos estuvo explicando todo lo que hacen en la finca, y que nos hizo disfrutar de sus aceites ecológicos y biodinámicos. Empecemos:

Primero, breve charla para situarnos en las 376 has., no solo de olivar (hojiblanca, picudo, cornicabra y arbequina), sino de pinos y pastos. De repente, lo que era solo silencio y el canto de algún pajarillo que no logro identificar, se rompe por el ruido de vehículos. ¡Ya están cosechando! Nos dejamos de charla, y nos metemos en faena: ¡al campo!

Entre los estáticos olivos, aparece una cuadrilla. Con los mantos ya en el suelo y cargados de aceitunas, un vehículo los recoge como si fuese una trituradora. Con sus pinzas, un vibrador de tronco se engancha a éste de la misma forma que los cangrejitos moros se enganchaban a mi dedo cuando mariscaba de pequeño en las rocas del “Chato”. La velocidad, el automatismo y la coordinación con la que trabaja toda la cuadrilla, me deja unos minutos embobado. Pero de repente, tras el alboroto y la sensación de estar en un espacio de trabajo al que no estás acostumbrado, mis sentidos empiezan a activarse. Sobre todo el olfato.

 

Cuadrilla en plena recolección

Cuadrilla en plena recolección

 Quillo, aquí huele a tomillo

De repente, me llegan recuerdos de mis aliños caseros de aceitunas: hinojo, orégano, aceituna, hoja de olivo…, pero sobre todo el tomillo. Fue la misma sensación que cuando estoy dando mis paseos por la sierra buscando setas en otoño. Toda una miscelanea de hierbas aromáticas, pero, ¿estoy cogiendo setas…? No, ¡estoy en medio de un olivar! Qué maravilla comparar ese olor a tomillo, romero, hinojo, hierba fresca…, con lo que estoy más acostumbrado a ver: olivares depresivos, tristes, ávidos de cariño y sobrados de maltrato. El cartel del programa life “Olivares Vivos” se cumple. Aquí sí, está vivo y sin depresión.

Esto no para…, a la almazara

Quedaba lo mejor, ver cómo en 5 minutos andando nos vamos del campo, a la almazara donde se extraerá el aceite. Seguimos las cajas grises, que van “volando” hasta el patio del molino. Pero por el camino no perdemos el tiempo ya que, recogemos unas cuantas olivitas descarriadas que se han caído al suelo y se las damos a nuestra compañera Cécile, que quiere aliñarlas por primera vez.

Al llegar, cajas de fruta, sí, más grandes que las normales, pero de fruta. De aceituna, que quiere los mismos mimos que un melocotón o una cereza. Lo primero, como los futbolistas: sesión de baño y masaje para dejarlas limpitas y que no se lesionen durante el partido (y eso que ya venían limpias, pero bueno…, pelillos a la mar, nunca mejor dicho).

Aceituna Hojiblanca de Finca la Torre

Aceituna Hojiblanca de Finca la Torre

¡Yyyyyyynnnnn! al molino de martillos. Tranqui, que no es un carpintero el que las machaca, sino una especie de ventilador con “hélices” metálicas que las tritura en un santiamén. De ahí al “baticao maravillao” y ¡dale ritmo! pero con cuidadito, que como le des vueltas muy rápido le entra fiebre a la masa. Y aquí no están las madres que nos besaban de pequeños en la frente para controlarla. Aquí, si a la aceituna le da fiebre alta…, ya no se recupera y el aceite sale griposo.

Batido de la masa

Batido de la masa

Esto huele a divorcio

De repente, la masa se mete en una especie de, mitad “nicho funerario” y mitad “lavadora del outlet”. Una mezcla rara, ¿verdad? Y esto “pa qué”. Pues muy sencillo: este engendro yo le llamo el abogado. El abogado de un divorcio que actúa cuando un matrimonio decide separarse. Aquí los citados son: el aceite y el orujo, que tras una convivencia de unos cinco o seis meses, deciden separarse para siempre y seguir sus caminos de forma independiente. Moraleja: la vida siempre te da una segunda oportunidad. El orujo a buscarse la vida por ahí, y el aceite, tantos días atado a él, se suelta la coleta queriéndose poner guapo del todo.

Aceite saliendo del decánter al tamiz de finos

 

Aceite casi limpio, saliendo de la centrífuga vertical

Aceite casi limpio, saliendo de la centrífuga vertical

“The green lagoon” (la laguna verde)

Para ello se pasa por la peluquería, de nombre “la vertical”, que le quita las greñas que le molestan.  Y de ahí al “spa” que le va a servir para relajarse y quitarse los “filtros”, de celulosa en este caso. El “spa” no tiene agua, sino un aceite verde que va pasando de una sala a otra perdiendo todas las impurezas que aún le molestan al mirarse al espejo. La escena es espectacular, una piscina de un líquido verde como las aguas del caribe que vemos en los documentales, o aún mejor. Y de ahí, a descansar, ya que cualquier día…empieza la fiesta.

Filtrado por placas de celulosa

Filtrado por placas de celulosa

Nos vamos de marcha…tú y yo

Qué mejor que irse de marcha con un buen amigo, sí, con el aceite. Ese que te entretiene, te da salud, y que te cuenta muchas cosas. Para ello, qué mejor que comprarnos una botellita, y pegarnos el fiestón los dos tranquilos, o rodeados de más amigos que quieran compartir el momento. Y eso también pensaron todos los compañeros del curso, que se llevaron un amigo a casa.

Aceite Finca la Torre

Aceite Finca la Torre

El bus nos espera que hay hambre

Gran mañana la que pasamos en Finca la Torre. Fue un placer conocer a Victor el cual nos atendió de maravilla y nos dio la posibilidad de catar algunos aceites. Y por último también, agradecer a Cécile y Akram por las fotos que han evitado que te marees con tanta letra.

Si el recreo se te hizo corto, puedes leer la crónica de la visita a la Feria de Montoro del 2018.

Curso de Experto en Análisis Sensorial de AOVE 18-19

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