Me llamo… Enrique.

Soy el ideólogo de este blog, que ante todo espero que te guste, te divierta y te provoque para disfrutar de los buenos aceites. Que te provoque para descubrirlos, o para seguir sorprendiéndote con ellos. Espero ayudaros desde este rinconcito, que pretende ser, al menos, divertido y diferente.

Mi historia con el aceite…

De infancia viajera, mis contactos con el aceite de oliva no fueron muy apasionados. Mi madre, lo típico; un armario de la cocina con una gran “oleoteca” de botellas de plástico con la morenita gitana de Carbonell presidiendo, importantísimos girasoles de donde luego me enteré que salían las pipas que tanto nos gustan a mí y a mi hermano…, una especie de pequeño “laboratorio” de botes de cristal, tarros de hojalata y botellas con fondos negros donde se iban acumulando restos de fritangas varias…y poco más.

En mi casa, “mu del sur”, la mantequilla ganaba la partida a la “gitana morena sentada en su silla de madera” en los desayunos y las meriendas (¡qué floja la joía…toda la vida sentá!), menos cuando íbamos a casa de mis primos, donde veíamos absortos cómo, entre botes de tomate “Poma Rosa”, cogían un plato de los transparentes, vertían un buen chorreón de cuarto de litro de un aceite “indeterminado”, y añadían azúcar hasta que ese “Lago de los Cisnes” amarillento, se transformaba en una pasta casi seca donde todos mojábamos pan hasta que dejábamos el plato tiritando. Las muelas…limpias también.

Ya más crecido, con bigote de tres pelos, el cual me afeitaba provocando un aumento de temperatura brutal justo por encima del labio superior, que perduraba varias horas, días…., empezaron a pulular por la cocina extrañas garrafas de plástico grisáceas de cinco litros, semitransparentes, donde se podía leer… ”Aceite de Oliva Virgen Molino de… pueblo serrano gaditano de cuyo nombre no me quiero acordar”. Ese es el día que probé mi primer aceite de oliva virgen (que NO extra) y perdí mi virginidad. No fue una experiencia muy apasionante, ya que tras mojar buenos sopones, luego notaba algún pequeño fuego interno, el cual no pasaba a mayores debido a que, a mi sistema digestivo, aún no le había “quitado la etiqueta”.

Los dos acontecimientos que “cambiaron mi vida”:

Y llegó el momento de partir a… “estudiar” a una nueva ciudad: “nuevo ambiente, nuevas calles, primeros días de clase…” como dice la coplilla, jeje. Un día de quedada con mis nuevos amigos, compramos unas barras de pan como brazos con su correspondiente “cuarto y octavo” de chóped y nos fuimos a casa de alguno para…, no me acuerdo qué. En el momento que preparábamos los susodichos, uno de los personajes, ni corto ni perezoso, se abalanzó hacia una botella de cristal y empezó a verter sin piedad aceite sobre el chóped que ya descansaba sobre el lecho de cereales precocinados. Yo, desbordado por los acontecimientos exclamé ardientemente… ¡¡QUÉ HACES!! Él muy tranquilo me respondió con un lapidario… “como se nota que no eres de Baena”; era mi amigo Roge. Este simple comentario provocó que, desde aquel día, el aceite de oliva fuera compañero inseparable de mis bocadillos, dándoles una jugosidad, sabor y armonía que me hicieron descartar para siempre mayonesas, kétchups y salsas tártaras típicas de las bocaterías estudiantiles.

Con el paso del tiempo, mi interés por el aceite fue “increscendo”, casi igual que el vino, jeje; me encantaba, e incluso me daba (y me da aún hoy) bastante morbo el probar por donde iba o voy, las aceiteras de los bares “al tragantón”, percibiendo la cara de incredulidad de mis acompañantes y de las personas con las que compartía o comparto barra o terraza. Ya cuando un camarero me ve hacer tal operación, disfruto leyendo en su mente: “¿qué hace el flipao este?” Un día compartiendo tragantones en una terraza con otro “oleopikaíto”, mi amigo Paco Litr…, ¡perdón! D. Paco Madrid, éste me dijo al probar un aceite que a mí me había encantado: “Está ATROJADO”. Yo le respondí: “ ¿Está qué…? ¿qué caraj…es eso Pacouuu ?, él me respondió.. “Tiene defecto”. En ese instante y en base a mi incultura oleícola de aquellos años, pensé que me estaba vacilando, que no tenía ni puñetera idea, y que a mí me parecía un aceite excelente. ¡Tes kí ya Pacouuu!

Moraleja

Con el tiempo, y tras empezar a documentarme y a formarme en este mundo, me di cuenta que el gran Pacouuu Madrid tenía razón. Ese sabor típico de muchos de los aceites que solemos tomar en cafeterías, o comprar en garrafas gigantes que no se acaban nunca, tienen defectos, no saben a jugo de fruto de oliva fresco, sino a rancio, a borras, a atroje…y un largo etcétera de defectos.

Con este blog, intentaré ser ese amigo que te abre los ojos ante unos de los mejores alimentos que nos ha dado la madre naturaleza, el ACEITE DE OLIVA VIRGEN EXTRA; y si ya afortunadamente los tienes abiertos, pues a compartir “cozitas” de este apasionante mundo, contigo…

Brindemos.



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